Civilizaciones y culturas precolombinas
© Georgina Beatriz Pérez Rojas, Cuba, Las Tunas, 1999


Civilizaciones y culturas precolombinas

Inuits o esquimales


En la región Ártica de la América Septentrional encontramos que hace medio milenio Canadá y los EEUU de Norteamérica formaban un solo territorio con las necesarias separaciones étnicas, por lo que no resulta desacertada la idea de presentar a los moradores de esas regiones como una unidad, que desde el Este hasta Alaska en Occidente, fue poblado por hombres que se establecieron en ellas; de esta manera nos tomamos la libertad de incluir a todos los grupos conocidos por nosotros, que están hermanados por lazos de raza, lengua, religión, costumbres.

El inuit, el hombre del Ártico semeja, a distancia, pertenecer a una sola familia que fue dividiéndose en distintas células para instalarse en diferentes zonas; desarrollando culturas distintas pero afines, a medida que los siglos han transcurrido. El retrato que hacen de los habitantes de esta gélida región es el de un rostro ancho, de chata nariz, gruesos los labios, algunos de piel blanca y otros morenos. Es hombre fuerte, astuto maestro en la caza de la foca. Su carácter es dulce, bueno, hospitalario y no dado a las preocupaciones. Las mujeres acostumbran a llevar los cabellos largos y los hombres a la altura del cuello, recortados en la frente. Mujeres y hombres se perforan las orejas donde colocan adornos, usando caretas de madera esculpidas con figuras de pájaros o seres marinos, en ritos y danzas.

Antes del descubrimiento vivían en territorio canadiense dos tipos de población: de una parte los 'indios' como los designaron los españoles, por la otra los inuits o ‘esquimales’ establecidos en algunas islas del Océano Glacial Ártico y en las costas norteñas, poblaciones con un bajo nivel de conocimientos a la luz de las ideas del Viejo Mundo. Muchos continuaban como nómadas, pero algunos habían abandonado esa vida y se dedicaban a otras actividades sin descuidar la caza y la pesca. Su organización política carecía de cohesión, y ante el avance de los extranjeros fueron cayendo víctimas de las enfermedades importadas o rechazados una y otra vez sin compasión.

Desde tiempos remotos los esquimales ocupan las regiones del Ártico y las cercanías de los mares nórdicos, en un gran espacio que comienza desde el Estrecho de Belle-Isla sobre el Océano Atlántico hasta el pie de monte de San Elías en al Pacífico, de manera que se le considera física y psíquicamente un hombre esencialmente americano, ofreciendo el notable ejemplo de lo que puede la influencia geográfica sobre la cultura de la raza y de un grupo.

Los inuits se dedicaron a la caza y la pesca: sus canoas o kayaks son de piel de foca o umyaquis; usaran el remo antes que ningún otro pueblo continental, y han sido muy buenos navegantes en los difíciles mares donde han pescado; los únicos entre los variados grupos que componían las poblaciones autóctonas que fabricaban lámparas desde tiempos inmemoriales.

La población de Alaska es, aparentemente, una mezcla de nativos y de inuits por el notable parecido con ambos grupos. Habitaban la parte Norte y Sur del Monte Elías los tlingitas, los hombres de esa región. Entre sus labores artesanales está el tejido de cestas forradas de pieles donde mantenían al bebé calentito.

La vivienda del inuit es el iglú, que construyen con bloques de hielo conservando un grato calor: parece una cueva, una media naranja por su cónica forma. ¿Cómo pudo el hombre adaptarse a esas glaciales temperaturas del Ártico? ¿Llegaría a esta zona en época más cálida y poco a poco, a medida que bajaba el termómetro, pudo acostumbrarse a estos indescriptibles fríos? Sea como fuere, al iglú se le deja una puerta de entrada que hay que pasarla a gatas por ser abertura pequeña; de uno a otro iglú a veces construyen una especie de túnel que comunica a las familias, dispersas en forma de poblados.

Se remonta al año 1000 el descubrimiento del Canadá, cuando una expedición dirigida por Leif y Thorvald hijos de Erik el Rojo, tocaron estas tierras, aunque tradiciones escandinavas cuentan que en el año 986 Bjarni Herjulfaon puso pie en costa canadiense. La huella vikinga se encontró en 1963, al descubrirse en Terranova restos de una población vikinga, que se estableció allí hacia el primer milenio D.C. Al Norte de la isla de Terranova, en la Baie des Epaves, el sitio Anse aux Meadows ofreció a los arqueólogos indicios de construcciones, con suelo de arena y fogones de piedra, además de escorias, pedazos de hierro, objetos de piedra, hueso, cobre y bronce de origen noruego, además de fraguas, talleres, una lámpara de aceite, de piedra, vikinga en su estilo, y otros objetos de ese mismo pueblo, con un fechado de cuatro siglos antes de Colón.

Hay que señalar a Juan Cabot un inglés, como el descubridor de este dilatado y hermoso territorio, cuando en 1497 creyó haber arribado al Asia, llegando a Cabo Bretón por su extremo Norte. Después, el francés Jacques Cartier realizó entre 1534-1536 varios viajes explorando Terranova, las islas Príncipe y Nueva Brunswick.

Las poblaciones más importantes del Norte del continente eran los inuits, los iroqueses y los hurones. Los primeros emigraron desde el Lago Superior hasta las zonas árticas, viviendo principalmente de la caza y la pesca. Los algonquinos, originarios de la Bahía de Hudson, se extendieron hacia el Sur y el Oeste, caracterizándose por su audacia y bravura guerreras. Los iroqueses de los Grandes Lagos y el río San Lorenzo, eran ya gente agrícola, cultivando el maíz, trabajando la cerámica y preparaban pieles, realizando también algunos tejidos. Los hurones se radicaron en la margen izquierda del San Lorenzo, poseían una cultura análoga a la de los iroqueses, quienes al invadir su territorio los obligaron a dirigirse hacia el Oeste.

La religión del inuit o esquimal está basada en la creencia de que descienden de un animal determinado, reproduciendo en los postes tallados la figura de su totem, que adornan ciertos lugares de sus poblados; hasta hace pocos años eran numerosos sus sacerdotes o angekaks. Para propiciar una buena cacería solían los antiguos canadienses ejecutar una danza, la de los bisontes, vestidos con pieles de ese animal, que colocaban sobre su cuerpo desnudo, imitando las actitudes de una cacería real. Eran seguidores de este rumiante, que les proporcionaba alimento y vestidos. A la extinción del bisonte el gobierno canadiense les ha asignado territorios o ‘reservas’ donde viven actualmente, practicando su religión y conservando sus tradiciones los dioses protectores de los totem, teniendo a su disposición lagos y ríos ricos en peces como truchas, salmones y otros, además de la caza de osos y antas.

En el vasto territorio ocupado por los inuits, se acostumbró adiestrar perros, el conocido husky, que facilitó el traslado en los grandes y helados trayectos que estaban obligados a recorrer. Este robusto y resistente animal, el husky, ha prestado constantes servicios entre los hielos polares en las grandes distancias, siendo a la vez el amigo del hombre y el motor del trineo en las duras horas, una de las pertenencias del esquimal y del blanco, el que les ha trasladado por las frías y blanquísimas extensiones del Ártico. Pero no solamente el inuit ha luchado contra el tiempo inclemente, pues es hombre de rica imaginación, amante de la música y de lindas canciones o poemas, semejantes a lo que sigue: Aii Aii/Recuerdo mis pequeñas aventuras/cuando el viento arrastraba mi kayak/y yo creía verme en peligro/. Pienso en mis temores/, que tan pequeños y tan grandes parecían/, hacia todas las cosas vitales/que había de obtener y alcanzar/. Más sólo hay una gran cosa/, la cosa única que importa/vivir para ver el gran día que amanece/y la luz que inunda el mundo.

Algo sumamente importante para nosotros los blancos son las costumbres seguidas por los inuits en la crianza de sus hijos, en su educación: entre ellos no se azota a los niños por las travesuras propias de esa edad y exclaman: ¿Quién que no sea un loco se rebajaría hasta golpear con sus fuerzas de persona mayor a un niño...? Porque entre esa cultura no se concibe la cólera, que consideran signo de salvajismo y falta de madurez, así como no existe disposición oral contra el asesinato, porque hasta donde alcanza nuestra información no existía entre ese grupo humano ese delito!

En la Columbia Británica, al Oeste del Canadá, los nativos de Queensland son adoradores de la rana -enterrando a sus difuntos con figuras de este batracio talladas en maderas, así como los tecullis no conocen divinidades como las que adoran otros hombres, sin embargo, suelen rogar a un ídolo muy singular para exclamar después: El sapo me escuche!

Los ihalmiuts, descendientes de poblaciones precolombinas, llenan sus horas con recuerdos del pasado, de una vida más rica y menos complicada que la actual. Los exploradores que han convivido entre ellos relatan su deseo de revivir días más felices que los presentes. Porque el contacto con el blanco arrasó con su salud rápidamente: el bacilo de Koch, el Gran Dolor, cobró las víctimas más débiles -aunque siempre es fatal entre estos seres- hasta más allá del Río de los Hombres, dejando dolor y desolación en todo la extensión donde vivían, llevándose más de la tercera parte de sus habitantes. Al avecinarse el otoño casi puede decirse que la soledad reinaba donde antes se veía la gente en su quehacer, alcanzando este silencio hasta las riberas del río cercano, quedando muy pocos sobrevivientes de los miles que integraban la población regada por las llanuras, donde cerníase sólo el silencio del invierno helado. En 1950 el hambre hizo presa otra vez de la región, donde una raza casi extinguida volvió a verse envuelta en trance tan difícil de resolver, por la poca capacidad que para luchar tenían ya, pues apenas quedaban hombre y sus esperanzas de ganar eran ínfimas. El blanco fue negligente entre esos pobres seres, legado de la antigüedad del continente!

El blanco Farley Mowat se despidió de aquellos hombres llevando la pipa de Ohoto como recuerdo de su estancia entre ellos; era una pipa centenaria que tuvo que aceptar como regalo de su amigo, como presente de despedida a pesar de su valor familiar. Pero Mowat se había ganado el afecto de los ihalmiuts porque hizo conocer al público internacional las duras condiciones de vida con que se enfrentaban a toda hora estos hombres, seres humanos que si bien llevan miles de años en ese medio, al conocer al hombre blanco y sus adelantos sufrieron también el hambre y las temibles enfermedades trasportadas por viajeros de otras tierras.

Farley Mowat pidió mejores condiciones de vida que permitieran una existencia digna, libre de males extraños y de carencia de fuentes alimentarias, como había sido la disminución del caribú, del buey almizclero, de la ballena, que trajo como consecuencia la pérdida de miles de estos seres por obra de nuevas formas de vida, de costumbres del exterior, porque nunca antes habían conocido tan variadas y extrañas maneras de extinguirse entre las horas gélidad del largo invierno polar...

El arte del inuit se ha mantenido con algunas variaciones desde la cultura Dorset, con manifestaciones en útiles de pesca, tallas de marfil y estatuillas de piedra o de hueso de formas atractivas, que dejan ver la hábil paciencia de estos artistas, sobre todo cuando lo revelan las piezas talladas en piedra.

Entre los inuits de esta centuria se destacan muchos pintores que representan su entorno, recrean mitos y reproducen escenas cotidianas. Allá lejos, en la Tierra de Baffin han dado al mundo las estampas los artistas ‘esquimales’, donde aparecen el trineo y el iglú, las gaviotas y el reno, las palomas marinas, el oso, la foca. Los podemos encontrar entre pintores que existen en la lejana aldea de Cape Dorset, pueblo que desde un lejano pasado ha dado hijos creadores de las bellas artes, como los tejedores que lograban dibujos preciosos con el telar en sus lindas cestas, o cierto grupo que en el siglo XIX todavía era recolector en la costa nordeste canadiense, que utilizaba pelos de sus perros para producir las típicas mantas con que se abrigaban.

Los Ulgatchos, a los que hace referencia Richmond P. Hobson en Pampa tras la montaña, narra el encuentro con los ulgatchos, que habitaban al Sudoeste del Canadá, descendientes de antiguos pobladores de la región. Hobson, en 1934 descubriría en esa parte del país un territorio entre las Montañas Rocosas y el Océano Pacífico, extensión de 650 mil km2, tierra remota y salvaje según sus palabras, con ‘indios’, bosques de pinos, lagos solitarios, ánades salvajes y alces.

Para llegar hasta ese inexplorado rincón atravesó pantanos, y lagos como el Tlata y el Anahim. Era el universo de los ulgatchos, con las montañas Itchas al Este, de nevados picos y la fragosa bajada de 1 200 m que permitía admirar la brillante y dorada hierba contra los lejanos pinos del verdeante bosque. Después de transitar por cientos de kilómetros, Hobson y su acompañante escuchaban los tambores nativos alertando contra la intrusión del blanco en su legítimo territorio. En una oportunidad se palearon ulgatchos y blancos; después, a una distancia de pocos kilómetros Hobson organizó una hacienda donde crecía el ganado mientras los ulgatchos, como constructores, levantaban viviendas, cercaban pastos y cavaban vías de desagüe. Donde todo comenzó como una aventura y un reñido encuentro, se escuchaban voces de los nativos entonando cantos, dando fe, según Hobson, de la sensatez de dos razas que no se avenían pero que al fin hallaron el modo de hacerlo para convivir en paz.

Hace unas cuatro décadas los inuits eran atendidos por la Oficina de Asuntos Indios. No obstante, no bastaba esa atención para solucionar las necesidades y satisfacer las quejas de grupos que no estaban ni medianamente conformes, mucho menos felices. Desde entonces y ya en 1997, no nos ha sido fácil obtener información alguna, las requeridas sobre estos pueblos y sus aspiraciones como parte de la Humanidad y tan justificadas como las del más adelantado de los hombres de este final de siglo. Así, nos vemos obligados a interrogar si continuarán ignoradas sus necesidades, sus sensibilidades, sus sentimientos además de sus problemas físicos ¿Se habrá cumplido con los requisitos para no sentirse humillados, ignorados o despreciados por el blanco? ¿Qué será de los inuits, de los que se baten hace milenios con los copos de nieve y las olas violentas del Ártico Mar, seres a los que no dedicamos un solo pensamiento, mientras nuestras vidas transcurren dentro del cálido sopor tropical...? Viven a merced del chinook, que provoca deshielos prematuros; del viento Sur o son-way-nos o el mayooneetín el viento bueno, todos conocidos por los inuits, también los blackfeet, los crees y otros, que han vivido en un medio donde la vida es un sacrificio audaz como la existencia de los patagones y los fueguinos en las honduras del cono Sur, donde baten los vientos las flechas heladas que bajan de las nubes bajas.

El Norte canadiense cuenta con una extensión do 3 890 000 Km. En esa región inhóspita ha florecido y desarrollado una pléyade de escultores y grabadores como la inuit Kenejuak que se ha ganado un nombre conquistando triunfos con su arte inigualable.

Como pueblo creador el inuit es desde la infancia, un artista, colmando de expresiones delicadas sus grabados, esculturas, tallas, telas pintadas en toda la gama de ls artesanía que lleva el estilo de su raza o etnia, sus sueños, recuerdos, su vida cotidiana, los animales que conoce...

Artistas de talento han nacido en Cape Dorset y en otros sitios: nombres como Povugnituk, Holman, Baker-Lake, Kamanginak y otros no menos notables, han ganado la fama para ellos y su lejano país.

En esta parte del mundo existen ya escuelas para los niños que viajan en trineo bien abrigaditos. En este medio difícil de dominar, hostil hasta para los nacidos en él, en el Yukón de 1967, había alrededor de 14 mil habitantes y otros 25 000 hacia el Noroeste, la totalidad de esta población era de inuits en el Noroeste y el Quebec Ártico, mientras la nativa o 'india' del Norte estaba constituida por unas 4 500 personas habitantes del Yukón y regiones del Noroeste.

El Yukón linda con Alaska por el Oeste; su superficie es de más de 523 000 km2, extensión mayor que seis provincias del Canadá juntas. En el extremo Noroeste del Canadá más allá del Círculo Polar Ártico, en la aldea de Inuvik se dieron cita la ciencia y los nativos, conviviendo con los inuits o ihalmiuts; también en Lake Harbour en la Tierra de Baffin. El siglo XX alcanzó aquellas latitudes, para entre los olvidados del mundo, indagar entre los hielos perforando pozos de oro negro observando las variaciones atmosféricas, asomándose a las estrellas...

Hoy, los ‘esquimales’ están siendo atendidos por el Gobierno Canadiense. ¿Vivirán a su gusto...? Así lo espera la autora.

A unos 200 Km del Círculo Polar Ártico se encontraba desde 1912, la factoría de Aklavik, pequeña comunidad dedicada al tráfico de pieles de rata almizclera, que se convirtió en una población importante en los Territorios del Norte. Pero la ciudad de Aklavik, con un sorprendente clima benigno, corría el riesgo de hundirse en el helado fango de esa parte de Canadá. Hacia 1950 Aklavik estaba condenada a que las aguas del MacKenzie en su labor de erosionar el suelo, la arrastrara hacia el Mar de Beaufort, no había, por lo tanto, salvación para ‘la Venecia del Norte’, con sus viviendas y edificios públicos sobre el hielo y el cieno congelado, en realidad, sobre agua. Aklavik estaba considerada una ciudad sin futuro por lo que se decidió su traslado para un sitio mejor, más seguro, localizando y eligiendo el canal Oriental del Río MacKenzie como el más seguro, de los sitios para fundar una nueva ciudad.

Muchos edificios del Gran Norte serían remolcados, pero todos se construirían sobre pilotes. En esa población convivirían inuits e ‘indios’ además de blancos, unidos por el mismo afán de trabajar y de aprender a dominar oficios y profesiones que les permitiesen una vida mejor y más plena en un sitio sin riesgos como el anterior.

Aklavik lleva ahora el nombre de Inuvik, y cuenta con puestos de la Policía Montada del Canadá; Departamento de Trasporte; Administración de Asuntos del Norte; y casas para sus empleados, Hospital y Escuelas para todos. Aeropuerto con servicio regular de correos y pasajeros; teléfono, telégrafo y radio; métodos modernos para la limpieza de calles; la Catedral. Como hemos visto, aquí conviven varias razas o grupos humanos, cada uno libre para escoger su religión y sus entretenimientos, entre ellos el juego nacional ‘esquimal’ de la manta o ‘cobija que salta’ una de las diversiones del Gran Norte, más allá del Círculo Polar Ártico.

Todo ocurrió hace varias décadas, en latitudes en las que el nativo era incapaz de poner trampas a ningún animal; ellos consideraban a las Montañas Rocosas del Oeste la espina dorsal del mundo, además de que todo lo que les rodeaba, bosques, montañas, ríos y lagos, comprendían por instinto si eran buenos o malos, al percibir los estados de ánimo de aguas, montañas o árboles, como si aquéllos fuesen seres racionales. Y en sitios señalados no penetraban los nativos bajo ningún pretexto o amenaza. Si es cierto que el sexto sentido existe ¿lo poseerán estos pobladores, sobre todo cuando se trata del mundo de la Naturaleza? ¿Serán portadores de alguna percepción de lo aparentemente inanimado para nosotros todavía...? Por estas regiones habitaban los beaves; los crees además de otras etnias, que encerraban en sus mentes lo que se denominó extrañas creencias, ya que los crees trataban de conservar su cuerpo intacto, porque al sobrevenirle la muerte, tenían que presentarse ante Gitche Manito sin mutilación alguna, por lo tanto, evadían a los perros rabiosos y a lobos hambrientos o al terrible encuentro con el oso. Necesitaban conservar hasta la muerte su cuerpo tal y como vino al mundo al nacer.

Quienes han convivido con los crees aseguran que su habla es profunda y musical, propia para aquietar alguna pena física o moral.

Pero las noticias de principios de año llenan de alegría muchos corazones: El día 1o. de abril de 1999, los inuits canadienses tendrán Nunavut para ellos y elegirán sus propios gobernantes. Esta ‘nueva tierra’ del inuit tiene casi dos millones de km2; 38 mil seres humanos habitarán esa inmensa extensión, que limita con el Archipiélago Ártico al Norte, la Bahía de Hudson al Sur, al Este con la Isla de Baffin y al Oeste con el Mar Glacial Ártico. Son libres los inuits, los viejos ‘esquimales’ de las novelas, que ya eligieron a sus legisladores. ¡Felicidades, Hombres del Norte, por tan señalado, merecido triunfo que les deseaba su amiga!

YO NACI HACE MIL AÑOS, dice una carta de Dan George, Jefe ‘indio’ de los capilanes, publicada en El Correo de la Unesco de mayo-junio/1986/, y entregada por su autor en 1975 al misionero André-Pierre Steimman para ser leída en un coloquio sobre el desarrollo del Ártico y el porvenir de las sociedades esquimales. Carta que se hace necesario divulgar, difundir a través de todo el mundo y que la autora, comprendiendo su importancia, la trae aquí, solicitando así a la Dirección de El Correo de la Unesco excuse que, salvando los trámites adecuados e imprescindibles para presentarla en estas páginas, la incluya entre ellas, pues ¡es difícil por no decir imposible, solicitar en estos momentos el permiso correspondiente por medio de la correspondencia! Las comunicaciones suelen demorar tanto, que no facilitan a la autora poder dirigirse a París y que la respuesta no llegue nunca hasta ella...!

En nombre de todos los Hombres que actualmente llevan en sus venas sangre de los antepasados precolombinos, es que surge en mi mente la idea de reproducir la carta de Dan George, que representa la voz de todos los pueblos que han sobrevivido a siglos de cruentos y dolorosos sacrificios. Publicar la voz del capilano es mi deber. Debe de comprenderse así. Gracias!

Cara abierta de un Jefe ‘indio’:

YO NACI HACE MIL AÑOS, por Dan George.

Queridos amigos:

Yo nací hace mil años, en una cultura de arco y flechas, pero, en el espacio de media vida humana, he recorrido las edades hasta llegar a la cultura de la bomba atómica.

Nací cuando la gente amaba la naturaleza y hablaba con ella como si tuviera un alma. Recuerdo cuando en mi infancia remontaba el Indian River con mi padre. Recuerdo como contemplaba el sol sobre el monte Penené. Lo recuerdo expresando su agradecimiento con un canto, como tantas veces lo ví, y pronunciando muy dulcemente la palabra india ‘gracias’.

Pero llegaron nuevas gentes, cada vez más numerosas, como una oleada arrolladora y destructiva que aceleraba el curso de los años, y de pronto me encontré en el siglo XX. Me encontré a mí mismo y a mi pueblo flotando a la deriva en esta nueva época. No formábamos parte de ella, nos anegábamos en su marejada irresistible, como cautivos que giran y giran en sus pequeñas reservas, en sus parcelas de tierra.

Parecía como si flotáramos en una gris irrealidad, avergonzados de nuestra cultura que vosotros ridiculizabáis, inseguros de nuestra personalidad y de nuestro rumbo, dudando de poder aprehender el presente y con una muy débil esperanza de futuro.

No hemos tenido tiempo de adaptarnos al brutal crecimiento que nos rodeaba, y es como si hubiésemos perdido lo que teníamos sin sustituirlo con otra cosa. ¿Sabéis lo que supone no tener un país? ¿Sabéis lo que es vivir en un mundo feo? Eso es algo que deprime al hombre, porque el hombre tiene que estar rodeado de belleza y en ella debe crecer su alma.

¿Imagináis acaso lo que es sentir que no se tiene valor alguno para la sociedad y para quienes nos rodean y saber que hay gente que ha venido para ayudaros, pero no para trabajar con vosotros? Porque vosotros os debáis perfecta cuenta de que no podíamos ofreceros nada. ¿Sábeis lo que es sentir que la propia raza se halla disminuida y llegar a pensar que constituye una carga para el país? Quizá no éramos suficientemente avispados como para soportar una contribución que tuviera sentido, pero nadie tenía la paciencia de esperar a que nosotros pudiéramos aprender. Hemos sido relegados porque éramos torpes y no sabíamos aprender.

¿Sabéis lo que es no sentir orgullo alguno por la propia raza, por la familia, no tener amor propio ni confianza en sí mismo?

Y ahora nos tendéis la mano y nos pedís que vayamos hacia vosotros. ‘Ven e intégrate’, esto es lo que nos decís. Pero ¿cómo llegar hasta vosotros? Yo soy un ser desnudo y avergonzado. ¿Cómo caminar con dignidad? No tengo nada que dar. ¿Qué apreciáis vosotros en mi cultura, en mi pobre tesoro? Sólo sabéis despreciarla. ¿Deberé ir hacia vosotros como un mendigo, para recibirlo todo de vuestra mano omnipotente?

Haga lo que haga, tengo que esperar, encontrarme a mí mismo, esperar a que necesitéis ese algo que soy yo. Puedo vivir sin vuestra limosna pero no puedo vivir sin mi hombría.

Vosotros habláis de escuelas de integración. Pero ¿se puede hablar de integración cuando no hay integración social, una integración de los corazones y de los espíritus? Acompañadme al patio de una escuela en la que se pretende que reina la integración: mirad, es la hora del recreo: los alumnos corren hacia el patio. Y se forman entonces dos grupos distintos: a un lado, los alumnos blancos y allá lejos, junto a la empalizada, los autóctonos.

¿Qué es lo que queremos? Sobre todo, queremos ser respetados y sentir que nuestro pueblo tiene su valor propio. Queremos tener las misma posibilidades de triunfar en la vida. Nadie debe olvidar que nuestro pueblo tiene unos derechos especiales, garantizados por promesas y tratados. Nosotros no los mendigamos y no os lo agradecemos, porque bien sabe Dios que el precio ha sido exorbitante: el precio ha sido nuestra cultura, nuestra dignidad y el respeto que sentíamos por nosotros mismos.

Gracias por haberme escuchado; sé muy bien que en el fondo de vosotros mismos desearíais ayudarnos. No pregunto si podéis hacer gran cosa. Cada vez que encontréis a mis hijos respetadlos como lo que son: hijos míos y hermanos vuestros.

Enero de 1975.

Estas reflexiones y otras que se añaden, expresan bien a las claras todo lo que han sufrido y soportado estos nativos nuestros debido a los blancos.

Ahora, es otro Jefe ‘indio’ el que dirige a un Jefe blanco una apelación, defendiendo su tierra y sus riquezas: Carta al presidente Franklin Pierce del Jefe Seattle, 1854.

Unos seis años contaba Siyat cuando vio por primera vez a un hombre blanco Supo después que era al Capitán Vancouver, que venía desde el Norte trazando mapas y poniendo nombres a los lugares hallados por la costa Oeste, donde vivía entre otras su tribu, la de los Suquámish. Cuando empezaron a venir los comerciantes de pieles, Siyat era un joven alto, fornido. Los recién llegados lo apodaron ‘Tosco’. Ya era jefe de su tribu, hablaba inglés y no se dejaba engañar. Levantaron infundios contra él, pero no pudieron probarlos. Y no lograron ‘hacerlo desaparecer’. Su fama crecía con los años. Todos pronunciaban su nombre: Seattle (Si-ia-tl).

Cuando en 1853 los estadounidenses decidieron fundar un pueblo junto a las tierras ocupadas por los Suquámish, tomaron el nombre de Siyat, que ya tenía 67 años. Y llamaron al pueblo (hoy famosa ciudad portuaria) Seattle. Al año siguiente Siyat recibió un mensaje del entonces Presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, que se proponía abrir a la colonización europea el noroeste de su país, y deseaba comprar una gran extensión de tierras, dejando una ‘reserva’ para los ‘pieles rojas’.

La respuesta del jefe suquámish es una pieza antológica por su elegancia, y sobre todo por ser una lección que, al parecer, los europeos transplantados a América necesitaban. Todos los indios americanos, del norte y del sur eran ecologistas natos. (He leído -dice Mary Cruz- un libro sobre indios de la Amazonia ecuatorial, titulado -con toda razón- La selva culta, demostrativo de que todavía los indios saben cuidar su entorno). Entre otras cosas, respondió Seattle (es decir, Siyat):

‘Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarla? Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto es sagrado a la memoria y al pasado de nuestro pueblo. La savia que circula por las venas de los árboles lleva en sí las memorias de los ‘pieles rojas’.

‘Los muertos del hombre blanco olvidan su país de origen cuando emprenden sus pasos entre las estrellas. En cambio, los nuestros no pueden olvidar esta bondadosa tierra, que es la madre de los hombres rojos. Somos parte de ella y ella es parte de nosotros. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia. Todo ello, nos dice que en su mensaje, el Gran Jefe de Washington nos pide demasiado Por eso no debemos considerar su oferta. Esta tierra es sagrada para nosotros’.

‘El agua que corre por los ríos y arroyos no es sólo agua, sino que representa la sangre de nuestros antepasados. Los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed, son portadores de nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos’.

‘El hombre blanco no comprende nuestro modo vida. No sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro. Es un extraño que llega en la noche y toma de la tierra lo necesita, y luego sigue su camino, dejando atrás la tumba de sus padres’.

‘Nuestro modo de vida es diferente. La sola vista de sus ciudades nos apena los ojos. El ruido insulta nuestros oídos. Es tal ves porque el hombre rojo, salvaje, no comprende. Nosotros preferimos el suave susurro del viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aroma de pinos. El aire tiene un valor inestimable para nosotros, ya que todos los seres comparten el mismo aliento: la bestia, el árbol, el hombre. El blanco no parece consciente del aire que respira; como un moribundo que agoniza durante muchos días, es insensible al hedor. Con todo, consideraré su oferta, y si decidimos aceptarla, yo pondré condiciones: el hombre blanco tratará a los animales y plantas de esta tierra como a sus hermanos’. ‘Soy un salvaje. No comprendo otro modo de vida. He visto miles de búfalos pudriéndose en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo cómo una máquina humeante puede importar más que el búfalo, al que nosotros matamos sólo para sobrevivir. ¿Qué sería del hombre si todos los animales fueran exterminados? También el hombre moriría, y moriría de una gran soledad espiritual, porque lo que suceda a los animales, también le sucederá al hombre. Todo va enlazado.

‘Sabemos que la tierra no pertenece al hombre: sino el hombre a la tierra. Todo lo que le ocurre a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Ni siquiera el blanco está exento del destino común. Tal vez, después de todo, seamos hermanos. Ya veremos... Quizás los blancos no lo sepan, pero nuestro Dios es el mismo. Pueden pensar que les pertenece, como desean que nuestras tierras les pertenezcan. Y no es así. Es el Dios de todos. Esta tierra tiene un valor inestimable para El y si la dañamos, provocaremos su ira. Los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus. Dañada la tierra, dañadas las plantas, contaminado el aire y desaparecidos los animales, sólo sabremos una cosa: que termina la vida, y empieza la lucha por la imposible supervivencia’.

Tomado de: Granma/Junio/5/1998/.